ABANZAMOS HACIA LA PASCUA
Animados por la presencia del Señor, tan cercano, tan en nosotros, con nosotros, caminamos alegres hacia la Pascua. Él se nos hace presente cada día en el Sacramento de la Eucaristía, pero también viene a nosotros cuando leemos SU PALABRA, o las escuchamos, o las trasmitimos de distintas formas a otros, cuando los dos o tres oramos, dialogamos, nos amamos, con ese amor de hermano, amor de cristiano, amor evangélico.
Este tiempo de cuaresma nos invita a compartir la bondad que viene de la fuente del Espíritu, prestar nuestra tinaja para que otros puedan beber del Pozo de Agua Viva que el Señor nos da, no para estar nosotros felices y contentos por no pasar sed, la felicidad verdadera está en privarnos nosotros de la abundancia para que al otro le llegue nuestro agua, recibida del Pozo de la salvación. Nada más lejano del Evangelio y de la salvación que el egoísmo, el acaparar, el vivir saciados sin mirar a nuestro lado y compartir con el que no tiene, con el sediento, el hambriento, el que sufre en carne propia el desprecio de la sociedad, de los que mandan, de los que tienen hasta la saciedad, hasta sobrar.
Para curarnos de nuestras cegueras nos tenemos que embarrar, como el ciego de Siloé, que Jesús embarró sus ojos sin vista, pero al lavarse en la fuente pudo ver.
Así, pegados al suelo, con los píes descalzos, con barro del camino, con humildad de HIUJOS DE DIOS que caminamos hacia su encuentro, la Pascua, dejándonos quitar el barro de los ojos, podremos ver, buscar, acertar, llegar, llegar a la meta, al final, al destino buscado para nosotros por Dios desde la eternidad.
Pero qué triste tiene que resultar para Jesús, para el Padre creador ver que pensamos que los que tienen los ojos ciegos son los otros, no, los míos no, eso lo dice por otros, los malos, los que no creen, los que son de otras religiones, no por mí, no por los míos.
Pues sí, muchas veces nos aquejan cegueras selectivas, y son tantas y con tanta variedad que cuando seguimos sin hacer un buen examen de conciencia resulta que ya nos hemos quedado ciegos, ciegos de todo, ciegos incapaces de ver, de apreciar las maravillas que Dios ha creado para nosotros, de poder ver y apetecer las maravillas que podríamos realizar nosotros, pero por no querer ver, pasamos la vida desperdiciando nuestro tiempo. ¡Qué lástima!. El tiempo, valoramos el oro, la plata, las joyas, las cuentas bancarias, los cochazos de lujo, las mansiones... valoramos cosas materiales y no nos damos cuenta que lo que más vale es el tiempo, pues tiempo desaprovechado es tiempo perdido, y por más que queramos ese tiempo perdido ya no se puede recuperar, algún día diremos: "Es que me faltó tiempo".
Ánimo, la Cuaresma es para eso, valorar el presente para acertar en el camino hacia el encuentro definitivo con el Padre. ¡Qué afortunados de tener un Dios tan lleno de amor, de misericordia, más que lleno, SOBRANTE!!!
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