LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS. UNA PROMESA DE ENCUENTRO.
Hoy estamos de fiesta, estamos alegres, el Señor nos colma de felicidad con sus promesas, se marchó, sí, se marchó pero no nos abandonó, nos ha dejado muy claro que ahí donde está nuestra Cabeza, estaremos nosotros también, luego tenemos una promesa de Encuentro, de cercanía, de amor, sí, ese amor que pasa por la Cruz, un amor que se purifica en el sufrimiento de la Cruz para que nos llegue limpio, gozoso, envolvente, cálido, cercano, amable...
También nos dijo: "Os conviene que yo me vaya, para así enviaros al Paráclito" y en otro lugar, yo estoy siempre con vosotros, o donde hay dos o tres que se reúnen en mi nombre, ahí, en medio de ellos estoy yo. ¿Y que decir de su presencia en la Eucaristía?. No, no estamos solos, ni abandonados, ni desentendidos por su parte, al contrario, está en nosotros, en nuestro corazón, en la Comunidad, en el que sufre, en el que pasa por una cruz demasiado pesada, el que sufre un calvario.
Esta idea de Jesús de CUERPO MÍSTICO, él la Cabeza, nosotros sus miembros es la idea que afirma la esperanza mayor, no estamos destinados para terminar la vida en una tumba. Nuestro destino es estar donde él está, junto al Padre en el Cielo, para eso nos creó Dios, para una dicha eterna en un cielo nuevo, una tierra nueva, sin dolor, sin envejecimiento, sin muerte...
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