viernes, 12 de julio de 2013

Domingo XV del tiempo ordinario Ciclo C




–Anda, haz tú lo mismo...



Lectura del santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
–Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo:
–¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó:
–«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
El le dijo:
–Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús:
–¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
–Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
–Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
–El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
–Anda, haz tú lo mismo.



DIOS ESTÁ EN EL CAMINO, NO EN LA CIMA 
Un monje llamado Demetrio recibió un día la orden de subir a la cima de una montaña, antes de ponerse el sol, para encontrarse con Dios. Ni corto ni perezoso, se puso en marcha y, a mitad del camino, vio a un herido que pedía socorro. Demetrio, sin pararse, le explicó que no podía entretenerse porque tenía que encontrarse con Dios en la cima, antes del atardecer; no obstante, le prometió volver para ayudarle en cuanto hubiese atendido a Dios. 
Demetrio continuó sin parar su precipitada ascensión hasta llegar a la cima. Pero Dios no estaba allí. El sol ya se estaba poniendo y Demetrio, nervioso y desconcertado, no veía signo alguno de Dios. Y cayó la noche sin que Dios se presentara. 
Al parecer, Dios se había ido a ayudar al herido con quien Demetrio se había cruzado en el camino. También hay quien asegura que Dios era el mismo herido que le pidió ayuda. 

En el Evangelio de este Domingo de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario leemos a San Lucas 10,25-37. Ante la pregunta de un maestro de la Ley sobre quién es nuestro prójimo, Jesús recuerda, con la parábola del buen samaritano, que el amor debe ser auténtico y sin exclusiones, más allá del formalismo y de la pureza religiosa. Toda nuestra vida debe de estar invadida por el amor a Dios y el amor a nuestro prójimo con misericordia y compasión. Aquí no caven medias tintas, o somos o no somos auténticos.

Esta Parábola por sí sola lo dicen todo de Dios y del prójimo. En ninguna otra religión se habían atrevido a tanto con Dios y mucho menos a igualarlo al prójimo, Dios es Padre de todos, todos los seres humanos somos iguales, todo ser humano es el rostro de Dios, que no vincula a ninguna raza, a ningún pueblo, a ninguna ideología. Dios es el Dios universal.  

Vivimos tiempos difíciles en todos los sentidos, nuestra sociedad es cada día más individualista, esa sociedad abierta y generosa que hace cincuenta años atrás descubrías en los pueblos de España está desapareciendo. También para la Iglesia suenan campanas de cambio. Es la tónica de la predicación diaria del Papa Francisco.
Todo tiempo difícil es una prueba y un desafío, y una vuelta a lo esencial. Estamos en tiempos en que la Iglesia debe volver a lo esencial, y lo esencial de la Iglesia está resumido en la parábola del Buen Samaritano. La Iglesia de hoy y de siempre si quiere ser creíble debe ser Samaritana, cercana, acogedora, sanadora, bondadosa, madre, maestra, comprensiva, promotora de todo lo humano. Para que el mundo vuelva a creer que Dios no es ese Señor que castiga, sino el Padre Bueno que nos ama, debemos dar ejemplo con nuestra vida de samaritanos, por los caminos del mundo, tendiendo la mano a todos.

El samaritano no se conforma con acercarse y curar las heridas, lleva su compromiso hasta el final, hasta que sabe que el herido estará del todo bien. Que se ha recuperado completamente. Si hemos comenzado nuestra "aventura" de cristianos, no podemos quedarnos a la mitad del camino, comenzamos para terminar hasta llegar a la meta.

¡Qué bien lo expresa el cuento “Dios está en el CAMINO, no en la CIMA". Son muchos los cristianos que "justifican" su fe con ir a la iglesia y eso es todo, no hay compromisos en sus vidad, eso no sirve, eso por más comuniones que recibas no te encuentras con Dios. La MISA y la COMUNIOS están precisamente para que el cristiano recobre fuerzas para el CAMINO, y para ser SAMARITANO en ese CAMINO, no para llenarnos de Dios sin ser responsables con lo que sucede a nuestro alrededor.

 Si quieres encontrarte con Dios, antes que en el templo vete al pobre, al necesitado, al que está solo o sola en s casa, al parado, al que sufre de cualquier forma; Como dice el Papa Francisco a Dios lo encontraremos en la periferia, no en el centro de las ciudades o el las urbanizaciones “cerradas y acomodadas”. Y es preciso que ahí ha de estar la Iglesia, los Pastores, el clero, los religiosos y las religiosas, los catequistas, los cristianos comprometidos, codo con codo con todos los que, religiosos o ateos, siguen creyendo en el ser humano y no están dispuestos a sucumbir a esta resignación burguesa y acomodada de que el mundo es así y no podemos cambiarlo.  

Debemos escuchar lo que dice Jesús al que le ha preguntado sobre el prójimo: “Anda y haz tú lo mismo”. Empezando por ser buen samaritano en la vida de cada día, con las personas cercanas que nos rodean, que necesitan de nuestra mano, nuestro hombro, nuestra sonrisa, nuestro tiempo, nuestra ayuda. ¡Hay tanto necesitado…!


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