miércoles, 29 de mayo de 2013

LA ROSA:




Rilke, el poeta, vivió un tiempo en París. Todos los días iba, acompañado de una amiga francesa, a la Universidad y recorría una calle muy concurrida.
En una esquina de esta calle estaba siempre una mujer pidiendo limosna a los que pasaban. La mujer se sentaba siempre en el mismo sitio, inmóvil como una estatua, con la mano extendida y los ojos fijos en el suelo.
Rilke nunca le daba nada, pero su acompañante le daba frecuentemente algunas monedas.
Un día la joven francesa le preguntó extrañada al poeta
- ¿Porqué no le das nunca limosna a la pobre mujer?
- Debemos llegar a su corazón, no a sus manos -le respondió el poeta.
Al día siguiente Rilke llegó con una esplendida rosa recién abierta, la puso en la mano de la mujer e hizo ademán de marcharse.
Entonces ocurrió lo inesperado: la mujer alzó los ojos, miró al poeta, se levantó a duras penas del suelo, tomó la mano del hombre y la besó. Después se marchó apretando la rosa en su seno.
Durante una semana nadie la vio. Pero ocho días después, la mujer, silenciosa e inmóvil como siempre, estaba de nuevo sentada en la misma esquina de la calle.
- Durante todos estos días en que no ha recibido limosnas, ¿de qué habrá vivido la pobre mujer? preguntó la joven francesa.
- De la rosa, respondió el poeta.

La pobreza no se quita con limosnas, se quita con amor. Si ponemos amor en nuestra vida ese amor obrará milagros. Que cada pobre tenga su rosa, tenga el amor que la vida o el infortunio seguramente le ha robado.

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