jueves, 23 de enero de 2014

Domingo III del tiempo ordinario. Ciclo “A”




Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

«País de Zabulón y país de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló.»

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
- «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.
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El Domingo III del Tiempo Ordinario nos trae la proclamación de Jesús como la gran luz que iluminó una tierra de paganos, tal como nos anuncia el profeta Isaías. Continuamos con el mensaje de luz y esperanza del domingo pasado, de hecho, cada domingo siempre ha de ser para nosotros los cristianos el día del Señor, el día de la luz y la Esperanza que su Cuerpo y su Palabra traen a nuestras vidas, a nuestros corazones.
Es la profecía sobre el Mesías. Jesús, asimismo, se instala en Cafarnaún e inicia su predicación anunciando la llegada inmediata del Reino de Dios. Un Reino que está cerca, pero que a la vez ya está en nosotros, en nuestros corazones.
Además elige a los primeros discípulos. Va llamándolos uno a uno, como te ha llamado a ti y me ha llamado a mí. Nos llama para la Vida, para el Amor, para la Ilusión, para la Esperanza, nos llama para que vivamos la experiencia maravillosa de la salvación que Él ha venido a ofrecernos, comprada con su preciosísima Sangre y nos hace merecedores de ella con nuestro amor y nuestra fidelidad a su Evangelio y a ese Reino que nos ofrece.

En la Primera lectura tomada del libro de Isaías 8, 23b-9, 3, nos dice:

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande;
habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló”. 

La profecía de Isaías que escucharemos incluye el oráculo en el que se decía –y el pueblo de Israel estaba convencido— como y donde se iniciaría la andadura del Mesías, que iba a ser luz que ilumina el mundo. El pasaje, además, tiene resonancias navideñas, del tiempo de la Epifanía.

La segunda lectura que escuchamos en este domingo 3º, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17, nos dice:

“Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir”.

En la segunda lectura Pablo de Tarso pone el dedo en la llaga sobre las divisiones de los fieles que seguimos viviendo y sufriendo. Son los personalismos de los fieles de Corinto los que explica San Pablo en su carta, pero que son perfectamente aplicables a nuestros tiempos. Y todos entendemos perfectamente a lo que se refiere el Apóstol, porque somos culpables –aquí y ahora- de mantener preferencias sin razón y “capillitas” que impiden la paz y la concordia en el seno de la Iglesia. Terminamos el sábado el Octavario por la unidad de los Cristianos, pero aún y eso, nos damos cuenta que nosotros los Católicos estamos muy rotos, muy divididos, nuestra añorada UNIDAD está muy quebrada por el ego de cada uno, y por los egoísmos que envuelven nuestra pobre vida cristiana.

En la proclamación del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23, escuchamos:

“San Mateo, en el evangelio, alude al cumplimiento de la profecía de Isaías, que hemos oído como primera lectura, cuando Jesús se instala en Cafarnaún y comienza su predicación en Galilea. Y es también para nosotros el inicio regular de la lectura del texto de Mateo que seguirá durante todo este año litúrgico, dentro del ciclo A”.



La Hna. María Pilar Garrúes El Cid, Misionera Dominica del Rosario, nos comenta en el Portal de la Orden de Predicadores, en las pautas de la homilía dominical:
“Benedicto XVI en su libro de Jesús, (II tomo), afirma que esta expresión: Reino de Dios, aparece 122 veces en el Nuevo Testamento, de ellas 99 se encuentran en los evangelios sinópticos y 90 están en labios de Jesús. A pesar de ello, Jesús nunca ha dado una definición de lo que es el Reino de Dios, generalmente habla de él en parábolas (“El Reino de los cielos se parece a ”: El sembrador, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, la perla perdida, la red barredera, la levadura en la masa, el tesoro escondido etc.) y, sobre todo, en su primer discurso evangélico: “Las Bienaventuranzas” que son el Sermón del Reino. A lo largo de la historia de la Iglesia siempre ha surgido la pregunta ¿Qué es en realidad el Reino de los cielos?: El Reino no está en un lugar concreto, “Mi reino no es de este mundo” pero lo invade todo. Dios que, en el Antiguo Testamento ha estado siempre con su pueblo, en el Nuevo Testamento sigue estando, lo hace de una forma nueva actuando en la historia, con una nueva presencia más cercana: Dios se hace hombre y habita entre nosotros, es el Dios con nosotros.
La Iglesia, ha reflexionado y sigue reflexionando sobre que es, o en qué consiste el Reinado de Dios. Ya Orígenes, describe a Jesús como “autobasilea”, es decir, el reino en persona, es Jesús en persona. El mismo Orígenes, insinúa que el reino de Dios está dentro de nosotros. Entendemos pues que en el A.T. el reino de Dios era la presencia de Dios en la historia del pueblo de Israel en el N.T. es la presencia de Dios hecho hombre en la historia de la humanidad, el Reino es una manera nueva de la presencia de Dios en nuestra historia. Jesús, Dios y hombre.
El Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelio gaudium”, afirma: “la propuesta del Evangelio es el Reino de Dios” se trata de amar a Dios que reina en el mundo en la medida que Él logre reinar entre nosotros; la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.

El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre; Él pide a a sus discípulos:”Proclamad que está cerca el Reino de los cielos” (Mt 10,7); (E.G.Nº 180). Y los llama : “Venid y os haré pescadores de hombres”, ellos le siguieron y anunciaron el Reino”.

La llamada de Jesús al hombre y a la mujer de nuestro tiempo:

 Hay una llamada constante para todos en nuestros días. “El Reino de Dios está cerca”. Cerca de ti, cerca de nuestro mundo, cerca de nuestro corazón, solamente hay que descubrirlo.
El Reino de Dios era el gran acontecimiento anunciado en las Escrituras, algo que sucedería en la plenitud de los tiempos y pondría fin al orden viejo y caduco de este mundo, dando paso a un orden nuevo e incorrupto. No te equivoques, no se trata de creer que ese orden viejo era todo lo anterior a Cristo, el orden viejo está aquí y ahora, se hace nuevo cuando somos capaces de reconocerle a Él y cambiar por Él y hacernos hombres y mujeres nuevos. Cuando abandonemos las redes, redes que nos dfan seguridades falsas, que nos “enredan” en las marañas pecaminosas de la vida y nos engañan, barcas que nos traen y nos llevan por sendas que no van a ninguna parte, tenemos que descubrir el Reino de dios y seguir el camino del Maestro.
El Evangelio menciona como seguidores de Jesús a Simón  Pedro y Andrés, Santiago y Juan, dos parejas de hermanos a los que Jesús llamó cuando estaban pescando en el lago de Galilea (Mc 1,16-20). Pero sus obras comienzan a llamar la atención, y muy pronto se vio rodeado de una muchedumbre de gente.
 De entre toda esta multitud de gente que acudía a escucharlo se fue destacando un grupo de hombres y mujeres que se dejaban guiar por sus enseñanzas. Estas personas acogían a Jesús en sus casas o salían a su encuentro cuando pasaban cerca de ellos. A veces lo acompañaban en sus recorridos, o le preparaban el camino.
 El discípulo de Jesús tenía que estar dispuesto a correr los mismos riesgos y sufrir las mismas injurias y persecuciones que el Maestro. En realidad, para ser discípulo de Jesús era necesario ser llamado personalmente por él y aceptar sus condiciones. Algunos fueron llamados pero no le siguieron, como el joven rico. El mismo motivo que tantos jóvenes de nuestro tiempo tiene para negarse a seguirle, ya que vivimos un mundo tan materialista que nos da tantas cosas… eso, cosas, y nos apegamos, non encadenamos, nos aferramos, nos enredamos con ellas y en ellas.
Por eso cuando estés en soledad y en silencio interior, si realmente quieres seguir a Jesús pregúntate:

¿Qué quiero yo para mi vida?

Si veo que Jesús me llama ¿Qué camino voy a escoger para seguir a Jesús?

¿Hay en tu ambiente personas que se han preocupado de saber cuál es tu verdadera vocación?, o  ¿crees que tu solo puedes descubrirlo?. Pide ayuda, no pierdas la verdadera llamada de tu vida. La llamada que te conduzca a la Eternidad.

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