viernes, 4 de julio de 2014

XIV Domingo del tiempo ordinario. Ciclo A



Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón

Lectura de la profecía de Zacarías 9, 9-10


«Alégrate, hija de Sión;
 canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; 
dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»
 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13

Hermanos:
Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30


En aquel tiempo, exclamó Jesús:
- «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»


En la primera lectura Dios nos llama a la alegría, una alegría victoriosa, Dios viene a nosotros y viene portando la victoria, para que nadie de los que le siguen se sienta nunca derrotado, el que está con Dios, Dios estará siempre con él.
Pero estemos atentos a la lectura, viene victorioso, sí, pero también modesto, humilde, cabalgando no en elegante corcel y sí en un humilde asno, así desde la humildad los pueblos de la tierra serán capaces de destruir la violencia de los corazones y sembrar la paz en el mundo. Todo lo que es orgullo, vanidad, soberbia, envidia todo eso siembra la discordia y trae la guerra a los pueblos y al corazón del hombre. Aprendamos del Señor que es manso y humilde de corazón.

En la segunda lectura de la carta de San Pablo a los Romanos nos dice el Apóstol que nos liberemos de las cosas del mundo, del apego por lo carnal para sentirnos y ser más del espíritu, más del Señor. Él  que ha resucitado de entre los muertos si habita en nosotros nos resucitará también a nosotros. Viviremos en la medida de que unidos al Señor seamos capaces de dar muerte en nosotros a las cosas del mundo, al pecado, a todo desorden, a toda avaricia, a la envidia, las críticas, la maledicencia, la difamación, todo eso que es obra de la carne mata el espíritu.
No olvidemos nunca, que Dios, para hacer un santo, lo único que necesita es un pecador. Pero para lograr esto necesita poder obrar en nosotros, si en nuestra alma hay aunque sea un simple resquicio por él se introducirá su divina gracia y empezará a obrar desde dentro de nosotros, dejémosle obrar para que por su infinita misericordia alcance de nosotros tal gracia y perfección que nosotros por nuestros medios jamás seríamos capaces de alcanzar sin su divina fuerza y voluntad.

En cuanto al Evangelio el Señor da gracias al Padre porque el hombre sencillo es capaz, por la Gracia de Dios de tener la SABIDURÍA para comprender incluso cosas que los más inteligentes y sabios del mundo son incapaces de entender. Esta sabiduría viene de Dios y es fruto de los donos del Espíritu Santo. El verdadero sabio no es aquel que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.
Este conocimiento nos capacita para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, no según nuestras medidas y criterios, es por así decirlo mirar las cosas con los ojos de Dios y juzgar de las cosas con los criterios de Dios, pero para así obrar tiene que estar el alma del cristiano abierta a la Sabiduría de Dios.
Por último el Señor nos llama a descansar en Él, “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados… Cargad con mi yugo… Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón”
Sólo en Dios encontraremos paz, sólo en Dios tendremos esperanza, sólo en Dios sentiremos nuestra vida llena, sin Él todo es vacío y nada.


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