viernes, 9 de diciembre de 2016

Domingo III de Adviento, ciclo A. Domingo “Gaudete”: Regocijo, estar alegres.

EL MISMO SEÑOR VIENE A SALVARNOS.



Para mí, este tercer domingo de Adviento de regocijo, de alegría, la clave de las lecturas nos la da el Evangelio con los “signos” que manda dar Jesús a Juan el Bautista.

La situación es sencilla, El profeta ha anunciado que el Mesías del Señor vendrá y abrirá laz mazmorras, Juan se encuentra encarcelado, espera al libertador con la misma ilusión que espera la libertad, pero pasa el tiempo, escucha hablar de Jesús y duda si será el verdadero Mesías, pues su libertad no llega, por eso manda dos discípulos a preguntar directamente a Jesús y este le manifiesta sus “SIGNOS”. Estos signos que da el Señor son:
1-       los ciegos ven.
2-       Los inválidos andan.
3-       Los leprosos quedan curados.
4-       Los sordos oyen.
5-       Los muertos resucitan.
6-       A los pobres se les anuncia el Evangelio. Y añade:
Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!

Los signos que tienen que convencer al Bautista aunque no le llegue nunca la liberación que esperaba, pero que tampoco le ocasione una decepción de parte del Señor por no darle la libertad, son los signos que necesita nuestro mundo de hoy, traducidos a las necesidades de cada lugar, en un nuevo lenguaje, que sea entendido por la gente sencilla y que les motive a cambiar sus vidas y creer en el Salvador del mundo.

1. Hay mucho “ciego” que no quiere ver, no ve la actuación siempre constante de Dios en el hombre, no ve la presencia de Dios en nuestro mundo, no ve la acción constante de Cristo en la Iglesia y a estos ciegos de nuestro tiempo, nosotros, los creyentes tenemos que darles la vista, tenemos que abrir sus ojos para que puedan ver a un Redentor que nos busca, ama y quiere la salvación de todos.

2. Los inválidos andan. El cristiano vive un peregrinaje hacia el encuentro del Señor que viene, tenemos que estar ligeros de equipaje, pero a la vez quitar de nuestra vida todo impedimento que nos impida andar con libertad, nos dejamos amarrar, esclavizar, atar nuestros píes por tantas cosas… la Iglesia tiene que estar atenta a las necesidades de nuestra gente y curar esas piernas vacilantes para que tengan el ánimo, la alegría, el gozo de poder caminar con soltura hacia el Señor.

3. Los leprosos quedan curados. El pecado es la peor de las enfermedades, la peor lepra, el pecado es lo que más daño hace al hombre, la Iglesia tiene que ser misericordiosa, acogedora, compasiva siempre, ha de perdonar, acoger, perdonar y amar al pobre pecador, pero a la vez tiene que ser dura en la lucha contra el pecado, sin despreciar o dejar abandonado a su suerte al pecador.

4. los sordos oyen. Creemos que muchas veces predicamos en el desierto, ponemos la fuerza de la “confianza” en nosotros mismos cuando la fuerza de nuestra obra no tiene que estar en nosotros y sí en aquel que nos ha llamado, nos ha elegido para enviarnos a la misión, a la predicación. No esperemos ver los frutos el mismo día de la siembra, eso no pasa en el campo, tampoco tiene que pasar con la predicación, puede que te encuentres con “oídos sordos” pero que cambien el corazón y entonces se abran totalmente al Evangelio de Jesús, Él es quien actúa a través de nuestra pobre palabra, Él quien cambia incluso hoy en día los corazones de piedra en corazones de carne.

5. Los muertos resucitan: te parecerá casi imposible que esto se realice en nuestros días, pero cuantas personas están “muertas” de miedos, soledades, sufrimientos, abandonos, pobreza, que necesitan unas manos curativas que les llenen de vida, nos sorprenderíamos si en realidad nos diéramos cuenta que el Señor está esperando por tus manos para dar sanación, dar vida, dar esperanza, dar consuelo, dar amor. No creas que eso es misión de los grandes santos, esa es tu misión, fácil, sencilla, posible, esperanzadora.

6. A los pobres se les anuncia el Evangelio. Creo que las tornas se cambian, los pobres son los ricos y los ricos son los pobres. El que es pobre, pobre, que no tiene nada, siempre mira al cielo esperando su ayuda, confía, tiene fe.
Pero en nuestro mundo, el que lo tiene todo, el que está saciado, el que vive en la abundancia, se siente vacío, infeliz, incompleto, necesitado. En realidad es más pobre que el que está sentado en una esquina pidiendo limosna aunque tenga millones acumulados en Suiza. Es difícil la tarea que nos pide el Señor, anunciar el Evangelio y que sea comprensible a unos para que se sueltes de sus riquezas y compartan y a los otros para que no se queden sin esperanza plantados en sus pobres miserias. La Iglesia que quiere el Papa Francisco es una iglesia de pobres y para los pobres, de gente que es capaz de abajarse de sus tronos para llegar al hombre necesitado, de gente que es capaz de levantarse de la cuneta para llegar a ser y considerarse a sí mismo como persona, como hijo de un Dios que nos hace a todos iguales, nos hace ser humanos.


Por último, “que nadie se escandalice de Jesús” por nuestra causa, por nuestras flaquezas, por no saber predicar la VERDAD del EVANGELIO, o peor, por predicar un Evangelio deslucido, acomodado a nosotros, transformado por la apatía, el cansancio, la ignorancia o la pereza. Triste es que alguien se vea escandalizado de Jesús por no lograr sus aspiraciones, pero mucho más triste es que alguien se escandalice de Jesús o de la Iglesia por no ser veraz en sus palabras, o por predicar una cosa con su voz y otra muy distinta con su vida. Por desgracia de estos casos tenemos algunos recientes que critican, hablan mal, difaman, injurian a nuestro Papa y Pastor de la Iglesia puesto por la fuerza de Dios, por la mano del Espíritu Santo, muchos de los que le acusan no concuerda sus vidas con el Evangelio, de eso no pueden acusar al Papa, el VIVE lo que predica y PREDICA lo que vive.



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