sábado, 17 de diciembre de 2016

DOMINGO IV DE ADVIENTO, CICLO A:





Una única señal nos da el Señor: “La Virgen está encinta y dará a luz un hijo, le pondrán por nombre ENMANUEL, que significa: –DIOS CON NOSOTROS-“

¿Qué más signos podemos necesitar?, Él viene a nosotros, viene en nuestra naturaleza, a nuestro mundo, viene a nuestro corazón, no se conforma con una visita rápida, viene para quedarse e idea la manera de quedarse con nosotros para siempre. Es Dios con nosotros, más aún: Dios en nosotros.

San Pablo nos habla de nuestra misión. No es solamente aceptar el hecho de que Dios se abaja para habitar entre nosotros, se trata más bien que aceptemos nuestra responsabilidad de ser TRESTIGOS del Señor, y uno es testigo si testifica, se da cuenta con obras y palabras de lo que para nosotros es siempre una novedad, la presencia de Dios en nuestras vidas, una presencia que nos enriquece de tal manera que lo mismo que aceptamos la gran gracia que es que Cristo viniera a nuestro encuentro, mayor aún es lo que nos espera, que allí donde esté el que es LA CABEZA estaremos nosotros que somos su cuerpo, el hombre elevado a dignidad tan alta que el Cristo alcanzamos lo más alto de la Gloria celestial. Todo un lujo si sabemos actuar correctamente en nuestra vida.

El Evangelio entre otras cosas, además de anunciarnos el nacimiento de Jesús nos muestra un personaje más en este proceso que quiso Dios para la Salvación del mundo, hemos meditado estos días sobre dos grandes personajes: Juan el Bautista, María, la que se considera ante Dios como su esclava, y hoy San José, que como hombre humilde y santo hace lo que Dios le pide y acoge con entereza la carga de las nuevas responsabilidades a las que Dios le llama, que no son pocas, trastocará totalmente la marcha de su vida, cambiará todo en su entorno, abandonará sus seguridades para lanzarse a la nueva aventura de una PATERNIDAD que le viene impuesta por Dios, que le entrega a su propio HIJO para que sea más que un padre, por él, de él le viene a Jesús ser descendiente de la estirpe de David, es decir, en San José, por él, cumple Dios las escrituras en lo que al Salvador del Mundo se refiere, a su Mesías. Bendito sea siempre el gran santo pobre y humilde San José que supo asumir la voluntad de Dios sin quejarse, supo dejar la comodidad de su casa y emigrar a Egipto buscando el bien del hijo, supo abandonar luego lo reconstruido para regresar a otro lugar y empezar de nuevo… así hasta que Dios lo llamó al lugar de los justos que aguardaban desde el comienzo de todo el que abriera las puertas de toda mazmorra para gozar de la paz de Dios, Padre y Creador.

Sin reconocer el dedo de Dios que le señalaba un camino, José no habría encontrado esa gracia que le hizo fiarse plenamente de Dios. Lo mismo nos pasa a nosotros cuando dejamos a un lado ese bagaje que nos envuelve y nos fiamos de Dios, nos hace nuevos, somos nuevas criaturas, así José se hizo NUEVO TOTALMENTE pues puso en Dios toda su confianza.


Confiemos con un corazón siempre animado en Dios, dejémonos transformar por él, que nos haga nuevos cada día, que nos renueve, que sepamos mirar con amor, fe y esperanza hacia arriba, seguros que tenemos un Dios que nos da a su Hijo para que aprendamos y no olvidemos lo cercano que quiere ser nuestro Dios, Padre de amor y de misericordia. No olvidemos nunca a Dios, que no perdamos la FE, eso sería nuestra mayor tristeza, nuestra mayor desgracia. 

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