¿Quién dice
la gente y quién decís vosotros que soy yo?
Nos pregunta Jesús: ¿Quién soy yo para vosotros?, te
pregunta: ¿Quién soy yo para ti?. Esta respuesta que demos como Comunidad
eclesial o individual ha de marcar, como un estigma, toda nuestra vida de
cristianos, pues dependiendo de quien sea en verdad Jesús para nosotros
actuaremos en la vida, ya que nuestra propia vida, cada una de nuestras
acciones mostrarán a los demás –y también a Dios- lo que de verdad somos, o quisiéramos
ser pero no llegamos por nuestras imperfecciones y debilidades, pero que en sí
marcan la trayectoria de toda nuestra vida. Sabemos y muy bien que nadie puede
dar lo que no tiene, no podemos aparentar ser otra cosa, somos lo que somos y
si no somos auténticos cristianos pobre beneficio podemos esperar para nuestra
alma inmortal.
Lo que sí es cierto que la REVELACIÓN DE DIOS AL PUEBLO
JUDÍO ya anunciaba un estilo distinto de Mesías a aquella idea de “poderoso guerrero que habría de vencer en
mil batallas contra el imperio de Roma” que con tanta fe esperaba el pueblo
sencillo para verse liberados de la bota opresora, esta misma idea estaba
metida en el corazón de los mismos seguidores de Jesús, los Apóstoles y aunque
el Señor les recuerda a cada paso las Escrituras, como esta primera lectura que
este domingo escuchamos: “Ofrecí la
espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No
oculté el rostro a insultos y salivazos”, ellos siguen sordos a sus
palabras esperando ese Mesías salvador que tome el camino de la fuerza.
La cuestión fundamental de nuestra vida cristiana
nos la muestra el Apóstol Santiago en la segunda lectura. No basta tener fe, es
necesario que aquellos que hemos recibido gratuitamente de Dios el DON de la fe
mostremos nuestro agradecimiento al DADOR de TODO BIEN y respondamos en nuestra
vida con una actitud CRISTIANA, tengo fe pues respondo con buenas obras. Si mis
obras no son tan buenas, si no soy capaz de dar buen ejemplo a aquellos que
comparten la vida conmigo, esto quiere decir que mi fe ni es tan buena ni tan
sólida o en machos casos no llega a ser auténtica fe, es otra cosa.
No queramos escapar de la Pasión, no huyamos de la CRUZ, en el Evangelio, cuando
Pedro recrimina a Jesús pues anuncia la pasión del Señor y teme que todos se
marchen de su lado asustados el Señor recrimina a Pedro con esas palabras que
nos suenan muy fuertes: “Quítate de mi
vista Satanás, tu piensas como los hombres, no como Dios”, busca para Jesús el camino fácil, lo cómodo,
lo que no implica sacrificio, lo más llevadero. Es por tanto una tentación, de
ahí la respuesta del Señor al pobre Pedro que ha de quedar al menos aturdido
ante esta respuesta de Jesús.
Curiosamente a la luz de la Palabra de Dios podemos
encontrar nuestros fallos y pecados como cristianos cuando queriendo escapar de
la cruz de cada día y buscamos no el mejor camino según Dios y sí lo más cómodo,
lo más fácil cambiando así la auténtica religión por “otra” hecha por nosotros
a nuestra medida, dejamos la CRUZ
para construirnos nuestro becerro de oro, eso es abandonar a Dios que tanto ha
hecho por nosotros. Si somos seamos auténticos, serios, comprometidos,
entregados a las buenas costumbres y tengamos la costumbre de practicar las
buenas obras para con nuestra vida manifestar a quienes nos rodean nuestro amor
a Dios y hacerle presente en nuestro entorno y en nuestra propia vida.
Que este rico mensaje de la Palabra que la Liturgia nos presenta en
este domingo no caiga en saco roto y sí en un corazón como tierra bien
preparada esperando con humildad pueda llegar a dar en ciento por uno de buenas
obras. Humildemente nunca dejemos de pedir al Señor el DON de tener buena fe.