miércoles, 24 de febrero de 2016

DOMINGO III DE CUARESMA. Ciclo C.











¿HASTA CUANDO SEÑOR TENDRÁS PACIENCIA CON TU VIÑA?

Vamos día a día adentrándonos en este tiempo de Misericordia que es la Cuaresma, además con este marco incomparable para nosotros, como Comunidad, como Iglesia, que es el año de la MISERICORDIA, año de gracia que nos ofrece dos aspectos importantes para tener en cuenta, el primero: que Dios es misericordioso con nosotros y segundo: que nosotros tenemos que ser misericordiosos con el prójimo.

La primera lectura nos tiene que hacer pensar: ¿quién es Dios para mí?, ¿qué quiero yo de Dios, que espero de Él?.

Moisés, muy en la línea del A.T. quiere saber el nombre de Dios, ¿Quién eres, para poder decir a tu pueblo quien me envía?, recuerda ese pasaje de la Creación donde es el hombre el que pone el nombre a Eva y a todo lo creado por Dios, este “poner el nombre” es claramente un signo de pertenencia, esta pertenencia es signo de dominio y si cabe la posibilidad de manipulación, pero en este dialogo de Dios con Moisés lo que menos quiere Dios es dejarse manipular por el hombre, por tanto le contesta Dios: “yo soy el que soy” sin nombre no hay dominio del hombre, no hay manipulación.

Pero nos hace pensar. ¿Cuántas veces no queremos “dominar” a Dios, manipularlo, traerlo a nuestro corralito, a nuestra parcela, a nuestra Iglesia?. Nuestro, sólo nuestro, de nadie más. Queremos  apoderarnos de Él. Nos ponemos celosos si escuchamos a otros de otra religión hablar de Dios e incluso decimos, ese no es Dios, Dios es solamente el nuestro. No, no podemos manipular a Dios, ni encasillar su amor infinito dirigido no solamente al hombre, también a toda su obra, toda su creación, ni coartarle su libertad, ni impedir que sea bueno con otros distintos a nosotros, de otras religiones, de otras razas, de otros colores… Dios es Dios de todos, todos somos hijos de Dios y él es nuestro Padre amoroso y misericordioso. (Nos lo dice con toda claridad el Salmo 102 que hoy escuchamos en la Santa Misa).

La segunda lectura es también una advertencia, no es extraño, estamos en ese tiempo de Gracia, de Misericordia, y hemos de utilizar bien tanto la Palabra como los “signos” que Dios nos da. Para eso precisamente es la Cuaresma, nos “sacude” para que lleguemos a la Pascua renovados, nuevos, rejuvenecidos.


Esta lectura que hace Pablo en su carta a los Corintios nos indica que todo lo acontecido en el Éxodo nos tiene que llevar a mirarnos cada uno de nosotros en de “desierto” de nuestra vida. Es bueno tener puntos de referencia y saber que otros pasaron por este desierto, otros vencieron nuestras propias tentaciones, otros lograron ser fieles, aunque muchos fracasaron.

Lo que no debemos olvidar es que Dios  no abandonó a los judíos en el desierto, como tampoco nos abandona a nosotros, Él nos da la FORTALEZA necesaria para recorrer nuestro desierto, esa fortaleza está en los SACRAMENTOS, es el nuevo Maná, es la nueva bebida, no ya el agua de la roca, no ya el maná del desierto, ahora es el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, Él es nuestro Camino, con Él no podemos perdernos, no necesitamos estar 40 años errantes por el desierto; Él es la Verdad plena, unidos a Él no hay engaño, ni falsedad, ni duda; el es la Vida, la VIDA EN PLENITUD, no la caduca del mundo, es la vida que no acaba, la vida que transciende, que llega a la eternidad dichosa y feliz.

El Evangelio de Lucas, 13, 1-9 nos habla de CONVERSIÓN, pero también de que la paciencia de Dios puede tener un límite, no limitada por Él, limitada por nuestra condición caduca, somos sabedores de que los años de nuestra vida pasan rápido, Dios nos ofrece cientos de oportunidades, espera que seamos conscientes de reconocer nuestros pecados, nos ofrece un Sacramento maravilloso de la Reconciliación que con tanto desprecio muchas veces  abandonamos por ignorancia, por pensar que somos demasiado buenos y todo lo que hacemos está bien, que no cometemos pecado, o por que el tentador ha metido en nuestras cabezas esa peligrosísima idea de que ya nada es pecado, que tenemos mano libre para hacer y deshacer a nuestro antojo, esto sería terrible.

Pero Dios  espera con paciencia infinita que demos frutos y que esos frutos sean abundantes, pero esa espera no es eterna, repito, no la limita Dios, no sabemos cuando será nuestro fin, no sabemos si estaremos produciendo esos frutos cuando nos llegue la hora de rendir cuentas a Nuestro Padre del cielo, por eso urge estar siempre en gracia de Dios, estar bien preparados “antes de que llegue el hacha y corte la higuera”.


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