
“Como el Padre me envió, así os envío yo...”
Lectura del libro de los
Hechos de los apóstoles 2, 1-11
Primera lectura:
En este texto del
libro de los hechos de los apóstoles, Lucas pretende describir el
acontecimiento más importante después de la Ascensión: la venida del
Espíritu Santo. Esto significa el punto de partida de la misión universal de la Iglesia. Dios nos
envía a proclamar la
Buena Nueva. La Novedad de su presencia en medio de la Comunidad, en nuestros
corazones. Escogemos este Párrafo de la Primera lectura para nuestra meditación:
“De repente, un ruido del cielo, como de un viento
recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas,
como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron
todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno
en la lengua que el Espíritu le sugería”.
Lectura de la primera
carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
Segunda lectura:
La comunidad de
Corinto, a la que Pablo le escribe en esta ocasión, está pasando por
dificultades: hay divisiones entre sus miembros. La lectura nos ayudará a discernir
si las formas de enfrentar las dificultades son o no del Espíritu de Cristo.
”Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de
ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo
Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien
común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los
miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también
Cristo”.
Lectura Tercera lectura:
El Evangelio de
hoy, nos presenta una escena de las apariciones de Jesús a sus Apóstoles: “Paz
a vosotros”. Contemplamos a Jesús deseándonos la paz y enviando a los suyos el
don del Espíritu Santo y a cada uno de nosotros enviándonos a todos los rincones y cada
corazón para atar y desatar. Para dar su paz, para anunciar su Reino, para ser
otro CRISTO en medio de la
Comunidad de creyentes y testificando atraer a todos hacia el
corazón de Dios.
Del santo evangelio según san Juan 20, 19-23
Al
anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en
una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró
Jesús, se puso en medio y les dijo:
–«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
–«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
–«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. »
Secuencia de Pentecostés
Ven, Espíritu
divino,
manda tu luz desde
el cielo Padre amoroso del pobre,
don en tus dones
esplendido; luz que penetra las almas;
fuente del mayor
consuelo.
Ven, dulce huésped
del alma
descanso de nuestro
esfuerzo,
tregua en el duro
trabajo,
brisa en las horas
de fuego,
gozo que enjuga las
lágrimas
y reconforta en los
duelos.
Entra hasta el
fondo del alma,
divina luz, y
enriquécenos.
Mira el vacío del
hombre
si tú le faltas por
dentro;
mira el poder del
pecado
cuando no envías tu
aliento.
Riega la tierra en
sequía,
sana el corazón
enfermo,
lava las manchas,
infunde calor en el
hielo,
doma el espíritu
indómito,
guía al que tuerce
el sendero.
Reparte tus siete
dones
según la fe de tus
siervos.
Por tu bondad y tu
gracia
dale al esfuerzo su
mérito;
salva al que busca
salvarse
y danos tu gozo
eterno.
“Ven Espíritu
Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu
amor.
Aleluya”

Comentario:
Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés.El mundo se renueva
de alegría, se renueva la faz de la tierra. Nos dice el Himno de Laudes que
esta es la hora en que rompe el Espíritu el techo de la tierra, y una lengua de
fuego innumerable purifica, renueva, enciende, alegra las entrañas del mundo.
“Creo en el Espíritu
Santo”, decimos en la profesión de fe. Y creer en el Espíritu Santo supone un
estado permanente de revisión y renovación. Pentecostés es un buen momento para
darnos cuenta de quién manda en nosotros, en nuestras vidas. Nuestra vida está
orientada, -tiene que estarlo-, por el Espíritu de Cristo, de lo contrario
habremos descendido a estar orientados por el espíritu individualista y
consumista de nuestra sociedad post-moderna, que mata la Vida plena que Él nos da,
aniquila la obra creadora del Espíritu, nos lleva a un camino sin retorno de
guerras, divisiones, desuniones, es decir, todo lo que es contrario a la fuerza
pacificadora y unificadora que es Don de Dios. El enemigo siembra la
desunión, las tinieblas, la maldad en el corazón del hombre.
Siguiendo con el Himno
de Laudes, celebramos la fiesta de la
Fuerza que pone en píe a la Iglesia en medio de las
plazas y levanta testigos en el pueblo, para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces. Él es la llama profunda que escrutas e iluminas los
corazones de los hombres: Restablece la fe con tu noticia, y el amor ponga en
vela la esperanza, hasta que el Señor vuelva.
Celebramos en día del
nacimiento de la Iglesia
con ilusión siempre renovada. La presencia de nuestro Papa y Pastor bueno nos
confirma y anima a vivir el Evangelio desde un espíritu pobre y sencillo, un
corazón seráfico, así, al estilo de San Francisco, al estilo de Santo Domingo,
al estilo de los Santos, que precisamente llegaron a santos por tener este
corazón humilde y sencillo. En nuestra Iglesia nunca, y más en nuestros días NO
TIENEN CABIDA LOS CORAZONES ALTIVOS Y ARROGANTES, ni en los Pastores ni en el
Rebaño. Pero no siempre hemos sabido estar a la altura de miras que el Papa
Francisco quiere para su Iglesia, la
Iglesia que no es ni de él, ni de los Cardenales ni incluso
de los Obispos, es la Iglesia
de Cristo, por eso necesitamos pedir perdón. “Perdona, Señor, nuestra
ineficacia de cristianos opacados y cobardes, y danos la fuerza de tu Espíritu para anunciar hoy a
Cristo como esperanza de la
humanidad y verdad que vence la mentira, como paz y libertad que fundamenta la dignidad humana, como vida que supera la muerte, el desamor y la
opresión, como amor y fraternidad
que derrotan al odio y la violencia, como única liberación, capaz de crear personas libres que aman”(*).
No nos cansemos nunca de decir:
”¡Ven, Espíritu
divino! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego perenne de tu amor¡”.
(*) (Esta última oración está tomada de B.
Caballero: La Palabra
cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 103)
