jueves, 23 de abril de 2015

IV DOMINGO DE PASCUA. Ciclo B.



Monseñor Cirarda entrando en Santander en su toma de posesión como Obispo y Pastor de la Diócesis.


 

«Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí»

 

Este conocimiento de Dios implica “Amar”, es un conocimiento que ama, es algo fácil de entender, una pareja se conocen, y cada vez que se adentran en ese conocimiento mutuo va creciendo en ellos el amor, se hace cada día más grande hasta que deciden poder vivir toda una vida el uno con el otro. Dios conoce al hombre y su amor es fiel, es total, es gratuito. Lo mismo que el amor de Cristo el buen Pastor, que nos conoce por nuestro nombre, para él no somos un número, una partida de bautismo, somos nosotros, soy yo con mis logros y mis fracasos, con mis pecados y mis virtudes y aún y con eso Él me ama, a pesar de eso me ama, opta por mí, apuesta por mí, derrama su sangre por mi amor, sale en mi defensa hasta dar la vida por la confianza que me tiene, por el amor que me profesa. Es un amor personal y concreto, un amor real y está palpitante en las lecturas de este domingo IV de Pascua.

 

Este amor de Dios al hombre es novedoso en el cristianismo. Dios se relaciona con el hombre y el hombre concreto se relaciona con Dios. La base de esa relación es el amor que dios tiene a cada una de sus criaturas, no a la “masa” de la creación, a todos, sí, pero concretamente a cada uno de nosotros hasta conocernos y llamarnos por nuestro propio nombre.

 

Y este amor no decae a pesar del fracaso del hombre, ni siquiera a pesar de la traición (primera lectura) Jesús, según nos narra Pedro, sigue amando a aquellos que le entregaron a la muerte y les ofrece su amor y su amistad. Está en ellos responder de igual manera o negar el amor al Señor. Pero un corazón agradecido por todo lo que Dios ha hecho por nosotros no puede por menos que responder con amor a quien por amor ha salvado del pecado y de la muerte. A pesar de nuestros desconocimientos, ignorancias, egoísmos, a pesar de todo sabemos como nos dice Juan en la segunda lectura: “Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”.

 

Damos gracias a Dios por la confianza que Jesús infunde en nuestros corazones al decirnos que “cuando viene el lobo él no nos abandona, al contrario, sale en nuestra ayuda, no huye. A él si le importa su rebaño, si nos ha dispersado él nos reúne, nos agrupa en la Comunidad, en la Iglesia, él nos lleva de la mano a la Iglesia”.

 

También nos advierte de que no seamos egoístas y que no cerremos las puertas “del redil” a otras ovejas dispersas o dispersadas, que también son de su rebaño, son de él y él intentará atraerlas, no pensemos que tenemos la exclusiva del Señor, no. No somos ni más importantes que otros ni mejores o peores que otros que no están en el rebaño, él llama a todos pues a todos ama y no quiere que ni una sola de las ovejas se pierda. Pero hay más: si por casualidad una se pierde va a buscarla y no encontrará descanso hasta que la encuentre y traiga a la seguridad de su corral. 

 

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