jueves, 5 de noviembre de 2015

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B.






“ESTA POBRE VIUDA HA HECHADO EN EL ARCA DE LAS OFRENDAS TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR”


Dios, según vemos en la Palabra proclamada este Domingo, día del Señor,  no es un Dios de CANTIDADES, y sí más bien lo es de CALIDADES. NO CALIBRA EL EXTERIOR, aquellos que van ante él con puras apariencias fracasan, no sólo fracasan, se van a encontrar con el rechazo total de un Dios que ve el corazón, el interior, la voluntad de la persona, un Dios que quiere el corazón del hombre, es decir, su buena voluntad. Esta buena voluntad es la que lleva al hombre, nos lleva a cada uno de nosotros a acciones grandes, acciones heroicas, a estas acciones nos lleva la Palabra tanto en la primera lectura como en el evangelio con la historia de la vida de estas pobres mujeres, que a pesar de sus muchas limitaciones, pobreza, ya rayando casi la miseria, ante Dios y para Dios son espléndidas, radiantes, generosas, dan TODO.

La cuestión que nos plantea es no poner en evidencia lo rácanos que muchas veces podemos ser con lo “nuestro”, y pongo entre paréntesis lo nuestro porque en verdad lo que es mío, lo que yo pueda tener, aquellos que por años he podido amasar en realidad no nos pertenece, es prestado, solamente somos administradores de los bienes que a Dios le pertenecen y que un día habremos de rendir cuentas al Señor por el uso y el abuso en esas administraciones, siendo así esto, no se entiende como con tanta frecuencia tiramos a ser cruelmente egoístas, ruines, usureros, avariciosos, cómo pasamos ante la Iglesia, el templo para soltar unas cuantas monedas que más que darlas para hacer un avío lo hacemos para librar nuestro bolsillo del peso y el incordio de las monedas que damos.

¿Qué busca Dios en todo esto?, en primer lugar que seamos conscientes que el es el CREADOR, no nos crea ni para vivir en la miseria ni para ser miserables, nos crea por amor para ser felices, pero ojo, esa felicidad aunque ha de tener su origen aquí en la tierra tiene que encaminarnos a la felicidad plena del cielo. Por el mundo, por la vida pasamos de prestado, peregrinos sin tierra propia pues nuestra patria definitiva es el Cielo.
En segundo lugar Dios nos motiva, quiere llegar a nuestro interior para disponernos hacia Él, esa disposición será tal que nosotros podamos ser en la vida totalmente generosos, como Él es generoso, y con una confianza nuestra puesta en Él tan grande, que tengamos la certeza absoluta de que Él actuará, Él pondrá en nuestra vida lo que nos falte, multiplicará para nosotros el aceite de la alcuza, que no se agotará, lo mismo pasará con la orza de harina que no se vaciará, pero esto sólo podrá suceder si encuentra el Señor un corazón grande y confiado, un corazón que ama, cree, espera, un corazón que confía. Este corazón solo puede ser uno que no esté contaminado con las riquezas que ofrece el mundo, si es un corazón realmente pobre de dinero, pobre de placeres, pobre de ego, y rico en esperanza.
Que el Señor nos de la fortuna de ser pobres de espíritu para llegar confiados a Él.

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