jueves, 12 de noviembre de 2015

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B.





“VERÁN VENIR AL HIJO DEL HOMBRE”

Termina ya el tiempo ordinario y con la fiesta de Cristo Rey del Universo daremos inicio al Adviento, es natural, pues así estamos acostumbrados que en estas lecturas se nos hable en este tono apocalíptico, unas lecturas que nos hablan “del final de los tiempos”, y entre líneas también nos están hablando del final de cada uno, no estamos aquí para quedarnos ni tampoco el sepulcro es nuestro eterno destino, el cuerpo, que es la casita que guarda nuestra alma, un día desaparecerá, pero el alma está destinada para la inmortalidad, para una eternidad, y toda alma, sea de quien sea, está destinada para tener un feliz dichoso, depende de nosotros conseguir esa dicha, esa salvación que Nuestro Señor Jesucristo nos ha regalado con su muerte –uno por todos- para que todos tengamos vida en dios.

Leyendo, pues, entre líneas hemos de quedarnos con que para lograr esa salvación tenemos que ser hombres y mujeres que usemos de esa sabiduría que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. La Sabiduría de Dios que nos visita con su amor y su gracia nos lleva a ser luchadores de la paz y de la justicia, pues no podremos lograr vivir en paz si no creemos en un mundo de JUSTICIA y esta justicia no es la que algunos con criterios puramente humanos predican, hablamos de la justicia Divina, la justicia según Dios, esa que nos revela la Sagrada Palabra y nos obliga a hacer las cosas y vivir la vida de otra manera, a la manera de la santidad, la manera de Dios. Así las palabras de la primera lectura “Los sabios brillaran como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad” nos está diciendo que si somos afines al mensaje del Señor, somos eternos, la eternidad dichosa es nuestra meta.

En la segunda lectura hemos leído que “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

Estamos a las puertas del Año de la Misericordia, y desde nuestra Orden de Predicadores aún resuenan los ecos de la apertura del Año Jubilar que comenzamos el día 7 de Noviembre, fiesta de Todos los Santos de la Orden, Año de Júbilo que nos invita a mirar al pasado para no olvidar, a vivir el presente anclados en esa VERDAD plena que es Dios y a encaminarnos al futuro con amor y con esperanza, sabedores que si en 800 años la Orden de Predicadores fue fiel defensora de la VERDAD esta verdad es la que nos hará libres y nos garantizará la VIDA PLENA.

En el Evangelio escuchamos: En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”. Nos habla de un fin, sí, todo lo nuestro ha de tener fin. Aquí nadie se queda, y lo que es material se va deteriorando y al final se destruye, pero también el señor nos da hoy unas palabras que nos tienen que animar, hacer valorar nuestra manera de vivir la vida según Dios, pues nos dice: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán” y es reconfortante el sabernos conocedores de esa Palabra eterna y sobre todo el aprender cada día a confiar en ella, a aplicarla a nuestra vida, es más, a vivir la vida conforme a ella, pues la Palabra nos cambia, nos purifica, nos renueva, arranca el mal para rejuvenecernos y hacernos eternos.

En un tiempo convulso como el nuestro donde el odio, la venganza, el rencor, la envidia es el pan de cada día, donde las persecuciones a la Iglesia y a los cristianos, solapados en algunas partes y crueles y directos en otras, no estaría de más recordar aquellas palabras del Apóstol:

Romanos, 8, 35-36:

35
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?
Tal como está escrito: POR CAUSA TUYA SOMOS PUESTOS A MUERTE TODO EL DIA; SOMOS CONSIDERADOS COMO OVEJAS PARA EL MATADERO. …

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