miércoles, 16 de enero de 2013

II Domingo del tiempo ordinario - 20 de enero de 2013



Jesús y María en las Bodas de Caná de Galilea.

 

Preámbulo:


Las lecturas de este domingo te llaman al corazón, van dirigidas a él, son como dardos de bendiciones dirigidos por Dios para sanar el alma cansada y agobiada por la rutina de la vida y el cansancio o apatía de nuestra fe tantas veces marchitada.

En la primera lectura Dios –me parece a mí- se quiere mirar en ti, así como tú te miras en un espejo, pues quiere verse en ti ya que en ti ha dejado algo de él (la segunda lectura), donde a cada uno, según le ha parecido a Él mejor nos ha ido dando sus dones, que son como trocitos de cielo, o como esa impronta del mismo Dios que pone en el corazón del hombre, para hacer que dejando atrás nuestra pobre condición humana nos engrandezcamos y revistamos de un Dios que se da, se entrega con generosidad para lograr un fin. La felicidad del hombre.

En cuanto al Evangelio de este segundo domingo en las bodas de Caná de Galilea Jesús empieza su vida pública llenándonos de luz con este hecho de la conversión del agua en vino y que el Papa Juan Pablo declarara misterio Luminoso del Santo Rosario. El vino de la alegría, del positivismo, del corazón alegre, gozoso que Él quiere para todos los cristianos, es más, para todos los seres humanos de este nuestro tiempo y de todos los tiempos, pasados o futuros.

En este proceso de ver la vida con otros ojos, los ojos de la alegría profunda que da el buen vino de las “bodegas” de Jesús está siempre como animadora la Santísima Virgen María, tanto atenta a nuestras necesidades o rogando al Hijo que interceda por nosotros.

No olvidemos tampoco que en todo esto de las Bodas de Caná tiene su importancia y mucha la acción confiada de los criados que trabajan en llenar las tinajas de agua para que el Señor las transforme en auténticos odres de buen vino, esa “voluntariedad” también la espera el Señor de cada uno de nosotros. Trabajemos pues en sembrar esperanza. Que nuestra Iglesia tenga en Don y el acierto de predicar el Evangelio de Jesús en positivo, al estilo de Jesús, que no vino a condenar a nadie, y mirad si tenía motivos para condenar, sino a perdonar y que espera de cada uno de nosotros esa misma actitud de cristianos que aman y que con alegría profundan son capaces de perdonar. Que las predicaciones sean esa acción siempre misericordiosa de un Dios que invita al mundo a la alegría. Ya bastantes desgracias hay en nuestra sociedad para que luego, al venir a la Iglesia, encima tengamos que escuchar condenas y lamentaciones. Aprendamos del Señor y seamos de Él de corazón, para que su amor y gracia actúe en nosotros.

“Haced lo que Él os diga”

Lectura del santo Evangelio según San Juan 2, 1-12

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:
–No les queda vino.
Jesús le contestó:
–Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
–Haced lo que él diga.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo:
–Llenad las tinajas de agua.
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó:
–Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo.
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
–Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.
Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Con el milagro de este Domingo arranca la acción constante y misericordiosa de Jesús, sus manifestaciones.


Este relato nos presenta a Jesús y su madre María junto a los Apóstoles participando en una boda,  que se celebraba en un pueblecito llamado Caná.
Ellos están atentos, y María, como buena mujer observante siente que se acaba el vino. Y pidió ayuda a Jesús que, con alguna resistencia, acabó por hacer un signo admirable: a la entrada del banquete había unas tinajas llenas de agua, para que los que iban a comer cumplieran con la ley que manda lavarse las manos y de este modo la comida resulte una acción llena de pureza. Pues Jesús cambio el agua de las tinajas en el mejor vino, como diría el mayordomo: de la mejor calidad.
 Y con este signo quiso darse a conocer Jesús y animar la fe de su grupo de seguidores, como el aviado por Dios para  trasformar en alegría de fiesta, la seriedad de la ley judía. En llenar de esperanza a los corazones carentes de esa alegría.
El hecho de faltar el vino no es otra cosa que la carencia de alegría, en una pareja que se casa y el mismo día de su boda les falta la alegría es signo de desgracia, de una tristeza radical, pero Cristo si está presente en la boda transforma esa tristeza en gozo, esa carencia de alegría en una alegría desbordante, ese es el signo de la conversión del agua en vino.
 María, que percibe la falta de vino en una boda en Caná, ve también lo que nos hace falta en nuestras vidas, sabe de nuestras miserias y carencias, como también de las virtudes que necesitamos para asemejarnos cada vez más a su Hijo, el Señor Jesús: más fe,mejor fé, en este año de la fé profundizar mas en ella, más caridad, más esperanza, más paciencia, más alegría, más pureza, más humildad.
 Ella intercede también ante su Hijo para que transforme el agua de nuestra insuficiencia o mediocridad en el “vino nuevo” de una vida santa, plena de caridad, rebosante de alegría.¡Cuanta necesidad de cambio tenemos los cristianos!, ¡Cuanta necesidad de cambio tiene la Iglesia de Jesús!.
Al aspirar a conformarnos con el Señor Jesús, el Hijo de María, hemos de tener muy presente que sólo Él puede ayudarnos a cambiar nuestros vicios por virtudes. Así como Jesús transformó el agua en vino, Él puede también transformar nuestros corazones endurecidos por nuestros pecados y opciones contra Dios en corazones “de carne”, capaces de amar como Él nos ama.
Para que se dé esta transformación interior en nuestras vidas nuestra Madre del Rosario intercede incesantemente por cada uno de nosotros, sus hijos e hijas, ante el Señor, al tiempo que nos urge a nosotros: «¡haced lo que Él os diga!» (Jn 2,5). 
Si bien el Señor realiza el milagro de la transformación del agua en vino gracias a la intercesión de su Madre, lo hace también en la medida en que los siervos cooperan haciendo lo que Él les indica, obedeciendo a su palabra. Del mismo modo, el Señor obrará nuestra conversión y santificación sólo en la medida en que prestemos nuestra decidida cooperación desde el recto ejercicio de nuestra propia libertad.
¿Pero cómo me habla el Señor, de modo que pueda “hacer lo que Él me diga”, cada vez que descubra que me “falta el vino” de alguna virtud? Cuando te falte fe, escucha al Señor que te dice: «No se turbe tu corazón. Crees en Dios: cree también en mí» (Jn 14,1); si te falta la esperanza y resistencia en las tribulaciones, Él te dice: «¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33); si te falta caridad: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12); si te falta la humildad, y pretendes dar frutos de santidad por ti mismo, Él te dice: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5); si te falta paciencia: «aprende de mí que soy manso y humilde de corazón»; si te falta capacidad de perdón y consientes resentimientos, rencores, deseos de venganza, Él te dice: perdona «hasta setenta veces siete» (Mt 18,22); si te falta generosidad, te dice: «A todo el que te pida, da» (Lc 6,30); si te falta la perseverancia en la oración, Él te dice: «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Ante todo lo que nos hace falta, acudamos al Señor y escuchemos reverentes aquellas enseñanzas a las que María nos invita a adherirnos de mente, corazón y acción: «¡haced lo que Él os diga!»
Hemos escuchado en el evangelio del domingo pasado, lo mismo que el  del día de Reyes la manifestación de Dios, pero aunque se ha terminado ya el tiempo de la Navidad eso no quiere decir que se ha agotado ya por parte de Dios las “Epifanías” o manifestaciones de Jesús. El Hijo de Dios. Hijo de José y de María, nacido en Belén, se manifiesta a aquellos extraños personajes “venidos de Oriente”, anunciando a “todo el mundo” que Dios se ha hecho presente en nuestra carne, en nuestra misma Historia.
En el bautismo, Jesús se hace oficialmente presente a su Pueblo a través de las palabras del Padre: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto: escuchadlo”; y hoy escuchamos, en el evangelio de Juan, su primer milagro (epifanía) a instancias de María, con motivo de una fiesta familiar -una boda-, en la que comienza a faltar el vino (la alegría), que dice a los servidores de la fiesta: “haced lo que Él os diga”; que nos recuerdan las palabras del Padre en el bautismo: “escuchadlo”.
Con la fiesta del Bautismo de Jesús, en el Jordán, dábamos fin a las fiestas de Navidad; pero todavía no se han terminado los “signos de Jesús”, o "epifanías", que significa “manifestación”, a través de las cuales Jesús, el Hijo amado del Padre nos da a conocer su misión.
  Cada domingo en el Evangelio escucharemos los signos que Jesús realiza para manifestarnos que Dios actúa en él, y que él tiene el poder no solamente de perdonar pecados, sino también de “alterar” lo que es natural y realizar lo que es sobrenatural, es decir, hacer milagros.
Veremos estas manifestaciones del Señor dirigidas especialmente a los pobres, leprosos, sordos, ciegos, lisiados, incluso a muertos que vuelven a la vida por su poderosa mano.
Pero, ¿una vez que Jesús ha subido al cielo se ha terminado ya todo?. No, Él sigue manifestándose a través de la Iglesia que le tiene que hacer presente en nuestros días, y él te ha llamado a ti pues necesita tus ojos, tus manos, tus píes para llegar al pobre, al enfermo, al lisiado, al necesitado y traerle la posibilidad de  socorrerle.
No se han agotado los milagros del Señor, Él espera seguir realizándolos con tu vida, tu presencia, tu acción, con nuestra intercesión, con nuestras obras y acciones cotidianas, con nuestras manos generosas, por eso actúa en nuestros corazones y por el bautismo nos ha hecho a cada uno de nosotros “otro Cristo” para actuar en nuestro mundo, en nuestros lugares concretos donde vivimos, nos movemos y existimos.

Esas acciones de Jesús ahora están en las manos de todos los elegidos por Él, los Bautizados para hacer el bien y dar paz y amor a todas las naciones.
(Tomados datos del portal de la Orden de Predicadores de la sec.  Predicación, Homilías)

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