jueves, 28 de noviembre de 2013

Domingo I de Adviento. Ciclo A



“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el hijo del hombre" 

 


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 24,37-44:
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

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“El Evangelio elegido para este domingo forma parte del así llamado discurso escatológico. Este discurso está construido conforme a un género literario peculiar. Sabemos que la apocalíptica había sido desarrollada fuertemente en una corriente del judaísmo más bien periférico. Tenían su propia comprensión de la esperanza mesiánica centrada, sobre todo, en la figura daniélica del Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo para juzgar a la humanidad. La apocalíptica surge en momentos difíciles, que requieren la máxima atención, disponibilidad, esfuerzo y esperanza. En momentos de persecución”. (Fr. Gerardo Sánchez Mielgo, O.P.).





Hoy Jesús nos avisa: Estad despiertos y espabilados y permaneced atentos, no nos quedemos adormilados o embotados por lo que el mundo nos ofrece de superfluo o simplemente vanidoso, o por los simples placeres de la vida que atraen tanto al hombre de nuestro tiempo.
Nos dice: “pues yo llegaré en cualquier momento, de repente, como pasó cuando el diluvio que nadie se lo esperaba”, y si estamos distraídos no nos daremos cuenta y pasará de largo. Este es el sentido del verdadero ADVIENTO, prepararnos, preparar el camino del Señor, preparar nuestro camino hacia el cielo, mientras cada año experimentamos los encuentros que el Señor realiza diariamente con la humanidad.

El mundo agitado que nos ha tocado vivir invita, no pocas veces, a la tristeza y al pesimismo. El cúmulo de noticias de guerra, muertes, violaciones; el desánimo por la crisis económica; el descontrol de nuestros gobernantes que produce un agobio de lo que estamos viviendo con las injustas excarcelaciones de presos etarras y criminales violentos así como violadores y asesinos, crean en el ánimo no sólo un desencanto, sino un verdadero decaimiento anímico y espiritual.

La vivencia profunda del adviento del Señor es una invitación a no dejarnos llevar por esta tentación. Por encima de las apariencias de este mundo y de sus miserias está la promesa y el amor de Dios, por encima de la noche obscura que nos rodea está el amanecer de un nuevo día y una nueva esperanza de la que nos habla la primera lectura. Dios no abandona al hombre en sus tinieblas y en su oscuridad, Dios no se desentiende de un mundo en peligro. Cristo mismo viene a nuestro encuentro, viene a rescatarnos, Él nos trae la Salvación, el amor, la esperanza, la paz.

Para nosotros caminar en la luz significa vivir en gracia, despojarnos del pecado, iniciar un camino de constante arrepentimiento y conversión hacia nuestro Padre lleno de amor y de misericordia. Dios es la suma bondad.

 El adviento tiene también su cariz penitencial como camino de purificación para llegar al encuentro con el niño de Belén. Los puros de corazón verán a Dios. Pero ojo, este camino no lo hacemos solos, tenemos una Madre en el cielo que es también protagonista de nuestro Adviento, a ella acudimos suplicantes, alegres, llenos e gozosa esperanza para que su Estrella nos ilumine en nuestras noches oscuras de nuestra pobre vida y no perdamos nunca el camino que nos lleva a Cristo el Salvador que viene. Vivamos en la luz, armémonos de las armas de la luz, que nos dice el Apóstol.


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