miércoles, 3 de diciembre de 2014

2º Domingo de Adviento. Ciclo B.




 

 

“Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia”


Lectura del libro de Isaías 40, 1-5. 9-11
«Consolad, consolad a mi pueblo, 
–dice vuestro Dios–; 
hablad al corazón de Jerusalén, 
gritadle, 
que se ha cumplido su servicio, 
y está pagado su crimen, 
pues de la mano del Señor ha recibido 
doble paga por sus pecados.»
Una voz grita: 
«En el desierto preparadle 
un camino al Señor; 
allanad en la estepa 
una calzada para nuestro Dios; 
que los valles se levanten, 
que montes y colinas se abajen, 
que lo torcido se enderece 
y lo escabroso se iguale. 
Se revelará la gloria del Señor, 
y la verán todos los hombres juntos 
–ha hablado la boca del Señor–.»
Súbete a un monte elevado, 
heraldo de Sión; 
alza fuerte la voz, 
heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, 
di a las ciudades de Judá: 
«Aquí está vuestro Dios. 
Mirad, el Señor Dios llega con poder, 
y su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario,
y su recompensa lo precede.
Como un pastor que apacienta el rebaño,
su brazo lo reúne,
toma en brazos los corderos
y hace recostar a las madres.»

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14

Queridos hermanos:
No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.
El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos.
Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.
El día del Señor llegará como un ladrón.
Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá.
Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida!
Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos.
Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.
Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 1-8

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. 
Está escrito en el profeta Isaías: 
«Yo envío mi mensajero delante de ti 
para que te prepare el camino. 
Una voz grita en el desierto: 
"Preparad el camino del Señor, 
allanad sus senderos."»
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el jordán.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
–«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
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Fr. Francisco E. García Ortega, O.P.
Comentario:

Seguimos avanzado en el camino de desierto que es nuestro Adviento, un camino que hay que allanar, para poder hacerle y llegar al lugar que el Señor nos marque como “lugar de encuentro”, un encuentro con el Señor que viene y con nosotros que vamos a Él.

Juan en Bautista, uno de los grandes protagonistas del Adviento nos indica como preparar este CAMINO, solamente llegaremos a ese encuentro si somos capaces de planificarlo bien, si cumplimos las expectativas que el Señor tiene de cada uno de nosotros, si cumplimos la tarea, esa que ya nos señalaron la semana pasada: “Vigilad”, pero que recordábamos que no se trata de una actitud de vigilancia pasiva, esperando que Él haga el trabajo. El trabajo lo tenemos que hacer nosotros y de pasivos nada, aquí todos en camino, todos allanando las veredas, todos trabajando en nuestro corazón para que ese encuentro se realice, ¿cuándo?, eso es insignificante, no nos toca a nosotros sber ese cuando o ese como será el encuentro, nos toca simple y llanamente prepararnos para que sí se dé en nosotros el encuentro con el Señor que viene. Pero ojo, si no somos capaces de hacer nuestro trabajo, de hacer mejor este mundo, de limar asperezas, de ser menos belicosos, de luchar TODOS por una igualdad más justa y equitativa, si no somos simplemente mejores estaremos muy lejos de alcanzar lo que anhelamos del Señor, la salvación.

Recordemos que las matemáticas de Dios son distintas a las matemáticas nuestras, un día pueden ser mil años para Él y mil años un día… Él no se impacienta, no cambia, no miente, tampoco tiene por que hacerlo, Él siempre es fiel y espera de nosotros amor, comprensión, fidelidad, respeto, entrega, generosidad… esas cosillas que a todos nos gustan para nosotros mismos y que por tal motivo al otro le gusta también recibir de nosotros mismos. Si nos damos cuenta lo que Dios quiere de nosotros es lo mismo que nosotros queremos de los demás y lo mismo que le pedimos siempre a Dios para nosotros. Así, de manera sencilla podemos ir construyendo el camino ya no del Adviento y sí el de la VIDA. Curioso, ¿no?, cuando construimos ese camino nos damos cuenta que no laboramos solos, otros, la Comunidad, los creyentes, los amigos de Jesús trabajan codo a codo junto a nosotros, así el trabajo –aunque en ocasiones pueda ser cansado o llegue a ser agotador en algunos momentos de la vida- es más llevadero y más fácil de realizar. Una cosa es importante tener en cuenta a la luz de la segunda lectura, no trabajemos en la construcción de este CAMINO por miedo al que viene como ladrón en medio de la noche, o por lo malo que pueda ocurrir, trabajemos por amor al que nos ha creado y un día nos llamará para gozar eternamente con Él en el Cielo, sólo por amor.

Qué cercanos los corazones de Isaías y Jesús, velemos para que nuestro corazón esté también en esa línea, cercanos a ellos y así tengamos en nosotros la dicha de sabernos amados y perdonados y elegidos por Dios, por ese Dios con nosotros, ese Dios en nuestros hogares, en la familia, ese Dios en nuestras Comunidades de Fe, ese Dios siempre presente, cercano en nuestro propio corazón.



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