viernes, 11 de marzo de 2016

DOMINGO V DE CUARESMA. CICLO C.



“TAMPOCO YO TE CONDENO, ANDA, NO PEQUE MÁS”.

En la primera lectura Isaías nos habla de esperanza, esperanza en Dios, pero esperanza en un mundo nuevo, un mundo más justo, más humano.

Ciertamente que todos queremos que nuestro mundo cambie, que vivamos esa anhelada experiencia de conversión, pero ¿qué hacemos?, por lo general esperar que otros cambien, cambien los gobiernos, cambien los políticos, cambie la Iglesia… ¿y yo?, yo tengo que cambiar, no tengo que esperar a ver que hacen los demás, que hace el otro, mi actitud ante la vida ha de ser la del facilitados que abre caminos por los corazones desiertos y sin esperanza, llevándoles amor y comprensión. Tengo que ser el que pone el agua en el terreno seco, para apagar la sed del que está cansado y abatido, tengo que darme a los demás sin reservarme nada para mí, el Señor nos llama a la entrega y generosidad absoluta, pues sabemos que llegando al afligido estamos llegando a Él.

Este modo de ser y de vivir lo podemos lograr si en verdad estamos en COMUNIÓN CON EL SEÑOR, este estar en comunión, que nos dice San Pablo en la segunda lectura es vivir la vida de Jesús, pero no los momentos bonitos, los que me llenan de alegría, esos momentos que admiro por sus milagros, por su poder, por su transfiguración que muestran su gloria. Vivir en Jesús es abrazar la pasión, la muerte en Cruz, el aparente fracaso, los azotes, las burlas, el desprecio… sin cruz no hay resurrección, sin muerte no hay gloria.

El P. Lastra en un breve comentario del Evangelio de este domingo nos dice: “lo que el evangelio del domingo pasado (el Hijo Pródigo) fue una parábola ahora, en este evangelio de hoy (la mujer adúltera) es una realidad. Los protagonistas más o menos los mismos, y es que se trata del mismo tema, la MISERICORDIA.

Antes un hijo menor, hoy la mujer adúltera. Un hijo mayor, hoy los fariseos, Un Padre Misericordioso, hoy Jesús que perdona. En este evangelio de hoy hay ausencia de la fiesta, pero sabemos por Jesús que en el cielo hay gran fiesta por un solo pecador que se convierte”.


¿Qué será de nuestra vida si no somos misericordiosos? Tenemos que ser buenos, bueno es quien tiene un corazón cargado de bondad, quien sabe amar, quien perdona aunque le duelan las ofensas, quien se entrega al prójimo aún sabiendo que no va a ser recompensado por ello, o que incluso va a ser despreciado por los enemigos que perdona. Estas palabras de Jesús a la mujer sorprendida en adulterio: “Tampoco yo te condeno, anda, no peques más” tendrían que estar siempre resonando en nuestra cabeza, pues somos muy dados a guardar en el corazón el rencor, el odio, sabiendo que si buscamos el perdón y el amor de Dios tenemos que actuar como Él actúa con nosotros. Lo decimos cada día en la oración del Padre Nuestro: “Perdónanos nuestras ofensas como nosotros PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN”, no podemos ser ni sordos para no oír al Señor, ni ciegos para no ver como fue su vida, no tendremos excusa cuando nos presentemos ante el juicio de Dios para decir que no sabíamos que había que amar de esta manera, que teníamos que perdonar siempre, que teníamos que ser como Jesús. Ser buenos. 

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