viernes, 2 de octubre de 2015

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B.






SER UNA SOLA CARNE…

En la primera lectura del libro del Génesis el autor destaca como toda la creación no basta para llenar el corazón del hombre, este necesita a la mujer, carne de su carne, creados los dos a imagen y semejanza de Dios. Creados con una misión, poblar la tierra, que no falte nunca en nuestro mundo hombres y mujeres que con su vida canten alabanzas al Señor nuestro Dios y que con responsabilidad traigan a nuestro mundo nuevos hijos que puedan seguir dando gloria a Dios y pronunciando su santo nombre.

Esta necesidad de familia está enmarcada en el matrimonio, donde los padres con sus hijos vivan los valores de la misma desde el amor y el respeto sin interferencias ni presiones, por eso, llegado el momento los padres saben que los hijos abandonarán –en el sentido de que dejarán de ser los niños de su hogar- a su padre y a su madre y serán ellos una nueva familia, que con el ejemplo de sus padres paternos y maternos, -los abuelos- edificarán ese recinto de paz y armonía donde puedan vivir y crecer sus hijos en esa escuela doméstica donde aprenderán los valores religiosos que sostengan su vida espiritual y los valores cívicos que hagan de ellos ciudadanos de provecho. Todo esto se logra desde el amor vivido en familia.

Este vínculo del hombre y la mujer unidos en matrimonio es tan fuerte que no se pueden romper por el capricho o el infantilismo de muchas parejas. Jesús pone en claro que no hay diferencia entre el hombre y la mujer, en aquel tiempo el hombre podía repudiar a su mujer con tanta facilidad como por no gustarle el guiso que preparaba, pero la mujer no tenía derecho a separarse del hombre aunque este fuera un tirano y un maltratador. Jesús pone a los dos en el mismo plano sin diferencia ni distinción, totalmente iguales y hace resaltar que en la pareja tiene que morir el yo para ser el nosotros. Si después de casados él o ella siguen con su “Yo esto”, “yo lo otro” algo anda mal desde el principio, no han captado lo que es el matrimonio, que es morir al yo para vivir en el “nosotros”. Para lograr esto hay que alimentar todos los días el espíritu del amor, de la comprensión, del dialogo, del sacrificio, del ceder… de lo contrario difícilmente se dará esa armonía para que los hijos nazcan y crezcan en esa situación favorable que loes guíe en un ambiente de vida sana y con auténtica armonía. Donde no se da esto ¿Qué se puede estepar de los hijos?.

Sé que no es fácil, pero la segunda lectura de la Carta a los Hebreos nos da pistas para lograr superarnos en la vida, en cada etapa de la vida, pues este camino largo y penoso no lo hacemos solos, tenemos a UNO que padeció en una Cruz por amor a la HUMANIDAD y aboga por todos nosotros, de él podemos sacar la fuerza que necesitamos, de él sacamos gracia tras gracia para superar nuestras deficiencias, y sacaríamos mucho más si nuestra humanidad del siglo XXI no se empeñase con tanto ahínco en querer vivir una vida sin Dios una vida donde Cristo está descartado, donde su sacrificio por todos no cuenta, donde se vive como si Dios hubiese muerto. Pero no, Dios vive y vive en el corazón del hombre. Tenemos que descubrirlo o redescubrirlo. Con él podemos rehacer todas las cosas “rotas”.

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