miércoles, 9 de octubre de 2013

Domingo XXVIII del tiempo ordinario Ciclo C





Lectura del santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
–Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
Al verlos, les dijo:
–Id a presentaros a los sacerdotes.
Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
–¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?
Y le dijo:
–Levántate, vete: tu fe te ha salvado.

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En este Evangelio de San Lucas escuchamos un episodio en el camino de Jesús hacia Jerusalén:
Diez leprosos son curados, pero sólo uno de ellos, un samaritano, vuelve a agradecer el don de la curación y a dar gracias a Dios. Solamente el samaritano alcanza el fin último del milagro: entrar en una nueva relación con Dios. No se trata de alcanzar solamente la curación, hay algo más, llegar a una plenitud de relación con el Señor, esa plenitud se da cuando tenemos un corazón agradecido, una conciencia de confianza y gratitud.  
Toda nuestra vida se encierra entre los dos gritos del leproso samaritano: el de la compasión y el de la acción de gracias (“ ten compasión de nosotros” y “darle gracias”)
En su comentario sobre las lecturas de este domingo escribe Fr. Alexis González, O.P., del convento de la Candelaria (Tenerife): “La ingratitud nace de una visión negativa del ser humano. Hay personas que siempre desconfiarán de las verdaderas intenciones de quien ha hecho aparentemente el bien. Es una visión que limita nuestra capacidad para agradecer, confunden la gratitud con una muestra de debilidad o sumisión: quien agradece reconoce sus propias carencias y cierta superioridad en el otro, que puede darle algo que necesita. Este tipo de visión fomenta el individualismo y la autosuficiencia, y llegamos a decir que no hemos elegido libremente el don que se ha recibido, porque en el fondo no queremos deber nada a nadie. Llegamos a decir: “yo no te lo he pedido”.
Otros, no se consideran dignos de recibir los dones y, por eso, les resulta imposible reconocer los dones gratuitos recibidos. No se reconocen dignos de ser amados. La culpa imposibilita la conciencia y no deja espacio al perdón y al amor. No se abren al sentido del amor incondicional: permitir que el misterio del amor entre en nuestra vida, generando así la confianza en nosotros, y la oportunidad de agradecer”.
Pidamos especialmente en este día a Dios el don de la generosidad y el desprendimiento para seguir con entusiasmo y autenticidad a Jesucristo. Que no mostremos nunca ante Dios, nuestro Padre, que actúa siempre con nosotros con un corazón generoso, la frialdad de la ingratitud y sí el calor de la generosidad hacia Él que no escatima en dar al  HOMBRE lo más preciado de su Divino corazón: a su propio HIJO, encarnado para que asumiendo nuestra misma naturaleza podamos ser rescatados y liberados de nuestras mezquindades y mostrarnos siempre agradecidos y generosos para con Dios y para con los hermanos.
En este camino nos acompaña en este mes de manera muy especial nuestra Madre la Santísima Virgen del Rosario, que ayudándonos a contemplar los Misterios de la Salvación de su Hijo, nos indica con su humilde actitud que sólo con un corazón humilde y agradecido llegaremos a contemplar también en el cielo el Rostro de Dios Padre.
Nuestra Señora del Rosario de Granada (España)

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