jueves, 31 de octubre de 2013

Domingo XXXI del tiempo ordinario. Ciclo C



 

 Lectura del santo Evangelio según San Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
–Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
El bajó en seguida, y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
–Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor:
–Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó:
–Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
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Zaqueo era un publicano -cobrador de impuestos- que vivía en Jericó. No disfrutaba de la simpatía de sus vecinos, porque robaba mucho aprovechándose de su puesto. Tenía mucho dinero, pero pocos amigos. Jesús pasó por esa ciudad y Zaqueo enterado, fue a verle. Como era bajito tuvo que subirse a una higuera. Jesús, pidió a Zaqueo que le recibiera en su casa. La conversación entre los dos, cambió el corazón de Zaqueo, que puesto en pie dijo: “La mitad de mis bienes la doy a los pobres, y si de alguien me he aprovechado le devolveré cuatro veces más”. Jesús se alegró mucho. Seguro que Zaqueo, desde entonces, tuvo menos dinero, pero muchos más amigos.

El buen seguidor de Cristo, el buen cristiano, debe intentar ser siempre un espejo limpio en el que se refleje nítidamente la gloria de Dios. Ya decía San Ignacio y los antiguos maestros de la espiritualidad cristiana que todo debíamos hacerlo “para mayor gloria de Dios”. El modelo de todos nosotros es Jesús de Nazaret porque en él se encarnó Dios; cada uno de los cristianos debe intentar ser un pequeño Cristo en el que se encarne, en el que refleje, la gloria de Dios. Esa es nuestra vocación y, con San Pablo, eso es lo que debemos pedir todos los días a Dios: “que nos considere dignos de nuestra vocación, para que con su fuerza nos permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe”.
Dijo en una homilía el Beato, ya pronto canonizado Juan Pablo II: “Queridos hermanos y hermanas, ese “hoy” es muy importante. Constituye una especie de estímulo. En la vida hay asuntos tan importantes y urgentes que no pueden dejarse para el día de mañana. Deben afrontarse ya “hoy”. El salmista exclama: “Ojalá escuchéis hoy su voz: “no endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95, 8). “El clamor de los pobres” (cf. Jb 34, 28) de todo el mundo se eleva sin cesar de esta tierra y llega hasta Dios. Es el grito de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de los prófugos, de los que han sufrido injusticias, de las víctimas de la guerra, de los desempleados.
Los pobres están también entre nosotros: los que no tienen hogar, los mendigos, los que sufren hambre, los despreciados, los olvidados por sus seres más queridos y por la sociedad, los degradados y los humillados, las víctimas de diversos vicios. Muchos de ellos intentan incluso ocultar su miseria humana, pero es preciso saberlos reconocer.
También son pobres las personas que sufren en los hospitales, los niños huérfanos o los jóvenes que tienen dificultades y atraviesan los problemas propios de su edad. “Existen situaciones de miseria permanente que deben sacudir la conciencia del cristiano y llamar su atención sobre el deber de afrontarlas con urgencia, tanto de manera personal como comunitaria. (…) También hoy tenemos ante nosotros grandes espacios en los que ha de hacerse presente la caridad de Dios a través de la actuación de los cristianos”.
Así pues, el “hoy” de Cristo debería resonar con toda su fuerza en cada corazón y hacerlo sensible para realizar obras de misericordia. “El clamor y el grito de los pobres» nos exige una respuesta concreta y generosa. Exige estar disponibles para servir al prójimo. Es una exhortación de Cristo. Es una llamada que Cristo nos hace constantemente, aunque a cada uno de forma diversa. En efecto, en varios lugares el hombre sufre y llama a sus hermanos. Necesita su presencia y su ayuda. ¡Cuán importante es esta presencia del corazón humano y de la solidaridad humana!»

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