viernes, 16 de mayo de 2014

MAÑANA: XXVII ANIVERSARIO DE MI ORDENACIÓN SACERDOTAL EN LA PARROQUIA DE CATAÑO, PUERTO RICO:





El día de mi ordenación, bendiciendo a Monseñor Negrón.


El tiempo pasa rápido, por algún motivo de esos raros que como un enredo se manifiesta en el cerebro parece que fue ayer, bueno, tanto como ayer no, pero tampoco tanto tiempo transcurrido.
Aquel 17 de Mayo de 1987 era todo un acontecimiento y una fiesta en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, del pueblo de Cataño, pintoresco y situado frente a la Bahía de San Juan, con el famoso e impresionante Castillo del Morro saludándote siempre que dirigías la mirada al horizonte.
La Parroquia del Carmen era una Comunidad pobre, teníamos algunos “Caserios” recintos marginales donde había mucha pobreza, delincuencia, droga y mucha gente también buena, y jóvenes como joyas despuntando entre tanto vicio por su apego al estudio y su deseo de superación para salir de ahí y buscar una vida más digna, una vida mejor.
Pobres pero honrados, sí. Contaba la Parroquia con una feligresía honrada y piadosa que desde distintas asociaciones como la Legión de María, El Nombre de Jesús o Santo Nombre –tradición de la Orden-, las Diaconías con sus respectivos Diáconos permanentes y sus grupos de Ministros Extraordinarios de la Comunión avivaban la fe, la fraternidad y la convivencia ordenada y pacífica para no ser atrapada por el caos de los que militaban en cantidades de sectas y luego perdían el sentido de permanencia quedando en una pobreza espiritual sin parangón.
Pero entre todo aquello bello que tenía esa Parroquia donde yo por seis meses había trabajado pastoralmente en mi diaconado y brillaba con luz propia eran dos grupos particularmente: El grupo de Acólitos y el Grupo de Jóvenes.
La Pascua juvenil de cada año era una experiencia religiosa, la vivencia de la Fe, el ánimo de los jóvenes, los cantos, la alegría, el llenar la Iglesia sin dejar espacio para nadie más en los bancos centrales del templo, todo era presagio de un futuro prometedor y comprometido para desarrollar el presbiterado con alegría y con esperanza.
Desde la distancia física y del tiempo mi recuerdo agradecido al P. Provincial de Holanda, al P. Vicente van Rooiig, entonces Vicario de los Dominicos de Holanda, Al P. Carlos también holandés que me enseñó la verdadera liturgia, no de los libros y sí de muchos años de práctica, al querido Prior del Convento, puertorriqueño, el P. Valeco lleno de bondad y de sabiduría escondida pero que afloraba como la primavera si te acercabas a él, al P. León, que murió al poco de llegar yo y que de él heredé todo lo necesario para administrar los sacramentos a los enfermos y celebrar fuera de la Parroquia.
A esa fecha habían llegado a Puerto Rico ya mis padres y mi hermano Andrés, y desde Guatemala mi tío Mario, sacerdote misionero que me acompañaron esos días prebios y posteriores, en el amplio recorrido de “Primeras Misas” que fueron muchas, en Cataño la primera, luego otras dos “Primera Misa” en el Monasterio de las Madres Dominicas de Utuado, que anteriormente durante 7 días me habían dado, maravillosamente ellas, los Ejercicios Espirituales previos a la Ordenación. Y por último resultando ser la más numerosa la Primera Misa en Yauco, con el P. Basilio y los frailes de esa bella Comunidad de Dominicos españoles que nunca olvidaré. Terminadas estas “primeras Misas” ya con mis padres vine a España, para celebrar una Primera Misa en mi pueblo de Ormas, el Domingo de Pentecostés de ese año lleno de gracia y de ilusiones.
Y aunque fuera el Cardenal Luís Aponte Martínez quien me diera las licencias, de la Ordenación se encargó Monseñor Hermín Negrón Santana, Obispo Auxiliar de San Juan, -tanto el Cardenal Aponte como Monseñor Negrón han fallecido ya- quien fuera el que anteriormente me diera los Ministerios y posteriormente me ordenara de Diácono. Mi agradecimiento a este hombre sencillo, humilde, de campo procedía, y así, como la gente de campo vivió su vocación con cariño para todos y con dedicación constante. En la celebración, al final, antes de la Bendición mandó salir a decir unas palabras a unos cuantos, representando a la Orden, al Consejo de la Parroquia, al Grupo de jóvenes y a la familia, sacó a mi madre que agarrada al micro habló claro y bien y fue ampliamente aplaudida. 
En Ormas, en la primera Misa en España, acompañado de los Párrocos de los pueblos del Valle.

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