miércoles, 20 de marzo de 2013

DOMINGO DE RAMOS. Ciclo C.




Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído.
Y yo no resistí ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre–sobre–todo–nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre. 

Evangelio: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22, 14 – 23. (Podéis leer directamente de la Biblia).

 

 En este domingo de Ramos damos inicio a  la Semana Santa en la que recordamos los últimos momentos de la vida de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. Nosotros somos la familia de los seguidores de Jesús,  y como tal, como familia, como hermanos nos reunirnos para revivir juntos la última cena de Jesús el día de Jueves Santo. Para escuchar su Palabra, su Pasión, orar por la Iglesia y recordar la muerte de Jesús besando la Cruz como signo de que acatamos su sacrificio y nos mostramos dóciles a asumir nuestra cruz el Viernes Santo. Y vivir su gloriosa resurrección, la gran fiesta de la Iglesia que es la madre de todas las demás fiestas, la Vigilia Pascual.

 Con ramos y palmas en nuestras manos aclamamos a Jesús, diciendo: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, y le acogemos con la intención de compartir con Él toda la Semana Santa. Toda nuestra vida.  Por desgracia no todos los cristianos vivirán esta Semana Grande con Cristo, unos porque toman estos días con otros fines, otros porque se pueden distraer en contemplar solamente lo espectacular que se vive en ciertas regiones en la calle, las procesiones y actividades relacionadas, pero no participan de los Cultos que ofrece con tanta riqueza la Iglesia en estos días.

El Papa Francisco con los hechos y con las palabras nos invita a vivir la religión de otra manera, de encaminar nuestros pasos por otro camino, de mostrar al mundo que otro tipo de Iglesia es posible, que tenemos que hacerlo posible. El nos encamina por ese camino trazado por los papas anteriores: "La nueva Evangelización". Cristo es quién nos ha revelado que Dios es un Padre lleno de ternura y de misericordia. El Año de la fe que inauguró el Papa Benedicto y ahora continuará el Papa Francisco es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, conversión de corazón, desde dentro de uno, pues Él es el único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado la plenitud del Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados. "La fe que actúa por el amor se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre”.

Por todo lo dicho, la celebración del domingo de ramos y nuestra confesión de fe, nos tendría que llevar a dar una verdadera respuesta a la pregunta de Jesús a los discípulos: ¿Quien soy yo? y como Pedro, aunque después también lo neguemos con nuestros pecados y traiciones, responder: “Tú eres el Mesías”. O afirmar como lo hizo el centurión y sus hombres en el momento de la muerte del Señor: “Realmente este era Hijo de Dios”.

Nuestra adoración a Cristo en la Cruz el Viernes Santo nos ha de poner siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo. A los crucificados por el paro, por las injusticias, por el abandono de los políticos, por las desgracias de las guerras, los odios, las envidias, los rencores. Por aquellos crucificados por las desgracias naturales, terremotos, huracanes, inundaciones…  Este es el deseo del Papa Francisco para la cristiandad y para el mundo y es el mensaje del Evangelio de Jesús.
Aprendamos cada uno de nosotros a rebosar ternura y misericordia en nuestras acciones cotidianas. “No tengáis miedo a la ternura”, nos recuerda el Papa Francisco. 

 El relato de la Pasión del Evangelio de Lucas que leemos en este ciclo “C” resalta la confianza en el Padre y la petición de misericordia para los “que no saben lo que hacen” para cada uno de nosotros cuando anteponemos nuestros propios criterios al Evangelio de Jesús o al hermano, o las palabras de Jesús desde la Cruz para el buen ladrón “hoy estará conmigo en el Paraíso”, que nos muestran la gratuidad de nuestra propia redención, de nuestra salvación, ¡Es tan fácil robarle el corazón a Cristo!, sólo tenemos que CREER EN ËL, manifestarle nuestra adhesión. “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe"

Nosotros los cristianos hombres y mujeres que vivimos en este siglo XXI somos muy ilustrados, pero, con frecuencia, somos ignorantes en cosas de la fe. Tenemos una cultura de “costumbres religiosas”, pero que no nos ayudan a tener una vivencia profunda de nuestra fe.¿Seremos capaces de reconocer en Jesús a ese hombre que cambió la imagen que tenían los judíos de Dios? Somos conscientes de la riqueza del Evangelio cuando se nos dice: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Hasta donde llega nuestro amor y hasta donde llegará nuestra generosidad.

 

 

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